Jueves

Okarin

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Tengo miedo de que llege un jueves y decidas sin consultarme, que ya no me quieres, podría ser cualquier día pero estoy seguro que si algo así sucediera, sería un jueves.
Nunca han sido los jueves buenos días en mi vida, mi trauma empezó cuándo después de las 4:20 me invitaron, formalmente, a fajarme en la salida.
Era como un acto religioso decidir ese horario, nunca sabré como pero siempre al llegar esa hora resultaba que ya todos los de las escuela se habían enterado, no teníamos internet, ni Zapya, ni mucho menos conexión por datos, pero nos sobraba valentía y ganas de no quedarnos callados.

Ya ese día se convertía automáticamente en un día de lucha, solo pensabas en como destruir a tu adversario y humillarlo con la mayor cantidad de bulla, sentías esas mariposas en el estómago pero no eran de amor, no, eran de que a pesar de todo tenías miedo de cometer un error, pues la pasada y actual sociedad siempre es muy cruel con el perdedor.
Recuerdo que siempre venía una mano amiga y te decía: no te preocupes, si alguna se mete esa es mía, y no era que se refiriera a una mujer, era que en esa época era gracioso cambiar el género de un chico para ofender, pero a pesar de cosas como esas eramos más sanos en el ayer.

Cada timbre acercaba más y más el combate, los profesores ya los sabían y amenazaban con llamar a los padres, más eramos clandestinos y no nos daba miedo el destino, no sabía aún lo que era vivir de verdad pero me sentía realmente vivo.
Llegó la hora de salida y recuerdo que salí, tenía miedo, claro, pero también me sentía Muhammad Ali, todos me seguían ese día, era el messiah, no era el más bonito pero tenía a todas las chicas, todos tenían su fe en mi, no porque me admiraran, sino por lo típico de la naturaleza humana, el otro era mucho más pequeño que yo, por eso era normal el pensamiento de que ganara.

En la puerta de la escuela había una gran multitud, observé a mi némesis y lo llamé a un lugar apartado, relativamente lejos de la escuela, para no ser molestados, como animales salvajes comenzamos el ritual, la multitud formó un círculo y comenzamos a gritar, cosas estúpidas como recordar a las mamás o dudar de la hombría del otro, lo normal, cuando estuve lo suficientemente molestó demostré todas mis habilidades en defensa personal, el otro era muy rápido o yo muy lento porque en fin, no lo pude ni tocar, podría ser también porque cerré los ojos antes de golpear.
Estuvimos dando golpes inciertos y revolcados en el suelo como por diez minutos, hasta que nos separaron y empezamos a asumir quien había ganado, el decía que él, yo decía que yo, lo cierto fue que ese día en verdad había perdido yo, pues a pesar de los golpes que recibí, de golpe te ví allí, llevabas tu uniforme decolorado por el uso y tu lonchera color marfil, era de esas de plástico tejido que había que terminar lavando todos los fin, en fin, ese jueves perdí dos veces, pero también te conocí.

Luego de otra pelea perdida en casa con mamá, lo siguiente que tuve en mi mente fue buscar a la niña que había visto o al menos descubrir si iba a mi escuela, pues esos eventos podían también ser internacionales, todas pistas que tenía eran un descripción vaga y una sensación de hormigueo en la barriga, la misma del día anterior, pero esta vez ya no había peleas a la salida, pero era algo peor, pues el amor es un contrincante que no se ve, pero no tiene temor.

Teníamos dos recesos los cuales eran algo sagrado, unos jugaban, otros merendaban y los de más posibilidades le daban a la maestra el pan o el refresco que su mamá le había mandado, la maestra aceptaba siempre la extorsión como si no fuera nada malo, al principio ese acto yo lo criticaba, pero al crecer entendí que aveces la maestra eso era lo único que desayunaba.
Todo estaba aparentemente normal, menos el hecho de que ya no se me podía ver como en todos los recesos intentando levantar la falda de Pilar, o, pidiendo un pañito prestado porque sin mantel la profe no me dejaba merendar, ahora tenía problemas muchos más serios, había cambiado todas mis cajitas de fósforo por información, eran tiempos crueles, todo se regía por la ley de adquisición, o tú papá te compraba las cajas o hacías como yo, te escupías la palma de la mano y serías el ganador.
Luego de hacer mucha trampa y extorsionar a los pioneros de Martí con bolas y trompos, alguien me dió un dato sobre el posible paradero de la chica fantasma, así la llamaba pues había recorrido todo el territorio conocido de la escuela y nada, ni javita marfil, ni falda decolorada.
La información que me dieron fue un duro impacto también, pues si esa era la chica que buscaba me iba a buscar muchos problemas pues, no era alguien con quién debería estar, ella estaba en tercero y yo en quinto ya.
Por esos tiempos estaba muy de moda el término "asalta cuna", término que se usaba no solo para referirse a la diferencia de edad, pues ese no era el problema porque le llevaba solo dos años, era también para separar por pañoletas, había un gran clasismo entre colores.

Les explico, yo estaba en la cúspide prácticamente, usaba mi vermuda larga y mi pañoleta roja, lo que significaba claramente que era un ser "superior", había ascendido un jueves, casualmente, cuando un ángel (mi mamá) me cambió mi pañoleta de color, luego gritamos unas cuantas consignas sin sentido y nos cambiamos de civil, lo cual era algo extraordinario, jamás entenderé porque vestirse de "salir" en la escuela era tan genial.

Pero regresando a lo que nos ocupa, les puedo decir que no me importó, para mí nunca fue muy importante de los otros la opinión, así que después de chocar los hombros con un chico (esta era otra forma de pelea sin un ganador) por llamarme asalta cuna, bajé las escaleras para buscar a la chica fantasma.

Quedaban aún diez minutos de receso, me encontraba en un totalmente desconocido terreno y yo era o muy grande o todos eran demasiado pequeños y en sus cuellos, predominaba el azúl, me dió vergüenza verme completamente desprotegido allí así que me iba a marchar cuando me detuviste tú.

Y tú, estabas ahora con tu uniforme totalmente azúl, los años habían pasado sin darnos cuenta y habían dejado secuelas, me habían dicho que de niño te perdí la pista porque te habías cambiado de escuela, así que con el tiempo me olvidé de tú nombre que nunca supe y había comenzado la secundaria, conocí la física, la química, también la biología humana, sentí hormigueos en la barriga que resultaron ser arañas y más nunca me fajé a la salida, pero tuve ganas de hacerlo para ver si te veía, tenía curiosidad por saber en quién se había convertido la chica fantasma, la de la lonchera tejida y falda decolorada.
Ahora te tenía de frente luego de muchos años, un jueves marcaba la fecha en el calendario, tú estabas en décimo, yo en doce grado, la jerarquía continuaba, pero eso nunca me había importado, te acercaste y me preguntaste que si estaba bien, pregunté que porque la pregunta y me respondiste, por la pelea de ayer, sonreímos y todo estuvo bien, era un jueves de mierda, incluso tenía TCP, pero todos mis problemas se dispersaron al volverte a conocer.

Luego pasaron los días, risas, conversaciones a escondidas, descubrimos nuestros cuerpos y todas las cosas que no sabía, comenzaron aflorar por valentía, los problemas comenzaron a ser más serios, fuimos dos o tres veces al cementerio, compramos una lonchera esta vez de tela, cambiaste una pañoleta y sin saber, los pioneros de Martí que antes engañaba a las cartitas, me veían envejecer.

Y ahora como adultos responsables que somos, discutimos cada día un poco más tal vez, por eso tengo miedo de que llege un jueves y decidas sin consultarme, que ya no me quieres, podría ser cualquier día pero estoy seguro que si algo así sucediera, sería un jueves y entonces mi pelea en la escuela aquel día, sería en vano.
 

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