Desilusión

pcarballosa

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El hombrecillo estaba sentado en una silla situada delante de un espejo rodeado de luces. La mirada de sus ojos azules no tardó en encontrar su propia imagen y sus labios intentaron esbozar una sonrisa, como la que hasta no hacía mucho tiempo atrás les brindaba pródigamente a todos. Pero no le salió, y su rostro, adornado solamente con un estrecho mostacho de pelo negro encima de su labio, se mostró más bien entristecido. El pesar que lo oprimía debía de ser enorme, pues la boca no demoró en desfigurársele en una mueca, como la de un niño pequeño a punto de echarse a llorar, y sus ojos se empañaron.

Por un momento estuvo inmóvil, con una mota de polvos en sus manos; luego, haciendo un visible esfuerzo, recorrió con la vista la vasta estancia en donde estaba. Su mirada perdida daba la impresión de que el recinto le resultaba desconocido, y eso no sería extraño para nadie que conociera su historia. Hacía tan poco ese camerino, ahora silencioso y desierto, rebozaba con tanta vida, repleto con los incontables admiradores que iban a visitar a su ocupante para felicitarlo, y para llevarle olorosos ramos de flores. Esos habían sido días tan gloriosos. En especial cuando los visitantes pertenecían al sexo débil y no les importaba mucho su reducida estatura. De esos había tenido tantos que en ocasiones se cansaba y le resultaban importunos.

—¡Todo por culpa de esas malditas excavaciones! —murmuró después de un instante, arrojando la mota que aún cogía en sus manos, y suspiró cansado.

Las partículas de un espeso polvo se levantaron por un momento y revolotearon delante de su cara, cual una nube, para luego ir depositándose poco a poco en la superficie transparente de la mesita del espejo. El silencio continuó cubriendo la estancia por unos instantes más, como un pesado manto podría decirse, y esa sensación resultó mucho más realista viendo como la espalda del hombrecillo se doblaba, como si no pudiera sostener ese peso excesivo. Tenía sus ojos sobre las losas del piso, y otro suspiro se había escapado de lo más profundo de su alma, cuando a sus oídos llegaron las ovaciones provenientes del salón en donde se representaba una obra. Esto pareció reanimarlo un poco, y su espalda se enderezó de golpe mientras ponía atención para escuchar de quién se trataba.

Los gritos y los aplausos no lo impresionaron demasiado; sólo unas semanas antes les sacaba ovaciones y gritos mucho más emocionantes a las gargantas de los espectadores. Eso lo hacía sentirse tan alegre. Era casi tan bueno como lo había sido su originario, ese supuesto actor de un mundo perdido. Pero ahora hasta esas demostraciones le hubieran servido en su estado deprimente, y aun cuando no le resultaban tan conmovedoras, su corazón se aceleró de sólo oírlas a medida que rememoraba su pasado.

Todo había comenzado con la llegada de los Itinerantes, llamados así porque iban de mundo en mundo buscando civilizaciones desconocidas para estudiarlas.

Por supuesto, la mayoría de las veces los Itinerantes llegaban tarde, porque los estúpidos seres originarios de esos mundos habían desaparecido producto de las luchas de unos contra otros. Es tan fácil destruirlo todo y exterminarse cruelmente. Eso, como es natural, desconcertaba a los Itinerantes puesto que en su modo de vida no existían las guerras y nadie mataría a otra criatura sólo por la tontería de diferir en una creencia, símbolo, o costumbre. Es más, si por un aborto de la caprichosa naturaleza surgía una criatura en su mundo con la suficiente ambición personal como para creerse por encima de los otros, esta era suprimida de modo inmediato. Por experiencia de su milenaria existencia los Itinerantes sabían que la pérdida de una vida, aun cuando pareciera injusta, era preferible a la de un número considerable de seres inocentes.

Pero incluso encontrar un mundo muerto no era motivo de tristeza y se celebraba, porque para los curiosos Itinerantes llegar a un lugar en esas condiciones tampoco era impedimento. La avanzada tecnología que poseía su especia, una tecnología tan asombrosa que les permitía reconstruir sociedades completas con una exactitud pasmosa, hacía posible llevar a cabo sus estudios. El único impedimento real, o más bien un pequeño detalle, era que la recreación física de los seres no garantizaba la reconstrucción de su modo de vida y sus costumbres, lo que para ellos era más importante que su mera presencia. Fue por eso que se extendió la idea entre los Itinerantes de reconstruir la historia, y la sociedad originaria, haciendo documentales, obras de teatro, y películas, y para más exactitud, hacían estas cosas con actores construidos a partir de los restos del ADN de los seres originarios que realmente habían vivido. Esa era la garantía para que la apariencia física de ambos fuera igual y la obra resultara más creíble.

El hombrecillo volvió a suspirar pensando en que precisamente en eso consistía su problema. La gente asociaba a los actores con los actos de sus originarios, y aunque en un comienzo el suyo había resultado atractivo tanto para Itinerantes como para humanos, pues viendo las grabaciones de las concentraciones de masas profiriendo gritos histéricos y ovaciones no era difícil hacerse una idea de su fama, poco a poco iban saliendo a la luz descubrimientos que ensombrecían su futuro. En las últimas semanas ya tanto unos como otros lo miraban con un cierto recelo, y nadie acudía a felicitarlo. Y para colmo, se había descubierto que su originario no había sido tan pequeño, y que las modificaciones de los Itinerantes en su ADN para corregir un supuesto defecto debido al deterioro habían sido un error nefasto.

"Hubiera sido preferible ser suprimido", pensó el hombrecillo y se golpeó los muslos con sus puños.

Pero eso sólo lo hacían los Itinerantes con su gente y por eso debería pasar el resto de su vida solo, y soportar los cuchicheos de los otros a su paso.

En eso estaba, por completo abatido, cuando se escuchó una voz proveniente del otro lado de la puerta de la estancia y su rostro se iluminó, no sólo por ser una voz melodiosa, sino porque lo llamaba por su nombre.

—¿Adolf, estás? Tu actuación de esta tarde ha sido maravillosa —dijo la voz de una muchacha a la vez que un puñito daba unos golpecitos en la puerta, y el diminuto clon de Adolf Hitler corrió hacia ella, de improviso lleno de alegría.​
 

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